Curriculum vitae
Nací como ameba, pedaleé
durante unos millones de años con pseudópodos
por los mares del Cámbrico,
aleteé, cojeé y me arrastré
500 millones de años más tarde hasta el Holoceno,
sobreviví a meteoritos, glaciaciones y a Napoleón.
Mi hermano se convirtió en tiburón,
muerde piernas y tripas.
Yo me convertí en profesor y
corrijo redacciones.
Shanghaied
Solo dos o tres líneas, dijo el viejo escritor, cuando le pidieron que escribiera unas palabras para un libro que se iba a presentar al presidente John F. Kennedy, que acababa de ser investido.
El escritor se puso manos a la obra. Al cabo de una hora, las palabras estaban sobre el papel:
The marvellous thing is that it’s painless.
Shit, gritó, eso ya lo he escrito en alguna parte. Se sentó en su escritorio hasta altas horas de la noche y no llegó a ninguna parte. Luego se preparó un sándwich de mantequilla de cacahuete en la cocina, como en los viejos tiempos. A las dos de la mañana, cogió la botella de bourbon que tenía escondida en la chimenea y apuró dos vasos. Fue en vano. El whisky sólo le provocaba náuseas y no le devolvía a los días en que escribía una novela en pocas semanas.
Al día siguiente llamó a su agente y le dijo:
"Sólo voy a escribir una frase, ¡sólo una! Será la última."
De acuerdo, dijo el agente, una frase tuya vale más que un libro de Arthur Miller. Halagado por estas palabras, el escritor volvió a trabajar en una nueva frase.
The beginning of something is painful.
Luego sustituyó something por anything.
The beginning of anything is painful.
Borró ful:
The beginning of anything is pain.
E intercambió los lugares de anything y pain:
The beginning of pain is anything.
Tachó pain y volvió a poner something:
The beginning of something is anything.
E intercambió de nuevo:
The beginning of anything ...
The end of something ...
Se dio por vencido. Las palabras se quedan arriba, anotó el escritor en su diario. Tienen que sumergirse en la frase, pero siempre suben y chapotean en la superficie, como bolas en el agua.
Solo la primera palabra, se dijo, cuando encuentro la primera palabra, todo va solo. Tiene una O oscura, es azul cielo y huele a melocotón.
Es verde botella como el mar en un día de lluvia y huele a musgo húmedo, anotó el escritor al día siguiente.
Casi puedo tocarla, escribió unos días después. A veces la puedo acariciar. El color es oscuro y redondo y suena como la espuma burbujeante del mar gris al amanecer. No es Dios ni la muerte. Tiene una A que proyecta una sombra alegre sobre los demás sonidos.
Dios mío, siempre es otra cosa.
Fuera, las forsitias y los cerezos estaban en flor, el escritor no veía su última primavera y se sentaba día y noche tras las cortinas corridas. Una noche, a las tres, llamó a su agente y tartamudeó:
It won’t come, it won’t come, y lloró.
Vete a dormir e inténtalo mañana, dijo su agente, and no more Whiskey, my friend …
Fuck off, dijo el escritor y colgó. Bajó a su armario de armas, cogió su vieja escopeta de caza de doble cañón y acarició el hierro frío y oxidado. Al día siguiente, su mujer descubrió la escopeta y dos cartuchos bajo el escritorio. Volvió a guardar la escopeta en el armario de las armas y llamó al médico de cabecera. El escritor se soltó de los brazos del médico, bajó corriendo al armario de las armas, cargó la escopeta y se metió los dos cañones en la boca: Shanghaied, gritó mientras le arrebataban el arma, I got it: shanghaied.
¿Qué está diciendo? gritó su mujer.
Su marido se ha vuelto loco, dijo el médico, y mandó hospitalizar al hombre.
El 2 de julio de 1961, cuatro días después de su salida del hospital, sonó un disparo a las siete de la mañana en la casa de vacaciones del escritor en las montañas de Idaho. Su mujer pensó que había sido un accidente. La noche anterior había estado tarareando con ella una vieja canción de marineros. Era de Shanghai.
(Traducción del relato homónimo realizada por el propio autor.)
Tabaco negro
Por fin un trabajo para un negro, pensó Abdul, de Senegal, y se presentó para el papel de Baltasar en la cabalgata de los Reyes Magos, que todos los años anuncia el ayuntamiento. Pero se equivocó, porque su solicitud, como la de todas personas de piel oscura, fue rechazada. El funcionario le dijo que no se tomara el rechazo como algo personal, pero nuestros niños no están acostumbrados a los reyes negros sin maquillaje. Y así, el negro Abdul volvió a plantarse en la esquina y a vender tabaco negro. Un año después, Abdul quiso presentarse de nuevo al papel de Baltasar. Esta vez maquillado de negro, claro, porque ¿quién quiere asustar en persona a los niños blancos? La solicitud quedó sin respuesta. Y el negro Abdul sigue en su esquina, más negro que nunca, vendiendo su tabaco negro. Abdul no se presentará el año que viene, porque puede asustar a los niños blancos todos los días.
(Traducción del relato Schwarzer Tobak, publicado en Hinter der Wand, a cargo del autor)
El condón
Cuando Antonio abre la cartera robada, encuentra 25 Duros y tres preservativos. Los envoltorios están etiquetados como receptáculo fosforescente, diablillo rojo, cobertura de chocolate. Tira la cartera vacía a la papelera más cercana y escupe al suelo. Mierda, esto no me alcanza ni para dos cervezas. Se mete las monedas en el bolsillo del pantalón y mira el resto del botín. Producto fabricado con látex de alta calidad. Probado a presión. Depósito: diablillo con cuernos de goma. Desenrolle la cinta enrollable hasta el final, dice en uno de los paquetes. ¡Joder, qué voy a hacer con esta mierda! Quiere tirar los tres condones también a la papelera, pero cambia de idea y los mete en la bata de trabajo de Curro cuando éste pasa corriendo. Curro no se da cuenta, porque tiene prisa. Otra vez llega tarde al trabajo. Se ha olvidado la carpeta en casa y ha tenido que dar media vuelta.
Por la noche, se desata el infierno en casa de Curro. Su mujer ha encontrado tres preservativos en su bata, pero ellos lo hacen sin, si es que lo hacen.
Te vas con otra, le grita su mujer, y tira los tres condones ostensiblemente sobre la mesa.
¡Realmente no sé ... ! Platos y tazas vuelan por los aires en respuesta a las afirmaciones de inocencia de Curro.
Mientras sus padres discuten en la cocina, los gemelos Alejandro y Juan Miguel encuentran tres globos envueltos sobre la mesa del salón. Hinchan uno, se ríen del diablillo que se levanta y lo dejan volar por la ventana. Llenan de agua el de la punta fosforescente y lo dejan estallar en la acera. Al día siguiente, llevan el tercero a la escuela.
¿Qué pasa ahí detrás? grita el profesor. ¿Otra vez! Siempre pasa algo donde están sentados los gemelos. Juan Miguel hace desaparecer algo.
¡Ajá! ¡A ver! Encuentra un condón en su estuche. ¡Es lo último que faltaba! El profesor esconde el paquete en el bolsillo de su pantalón. La clase se ríe.
¿De qué os reís?
Por la noche, el profesor está sentado en el bar de Paco y quiere pagar la cerveza. El condón se le cae del bolsillo del pantalón.
¡Ay la juventud! le dice a Paco, paga y deja el condón en la barra.
Poco después, Eduardo entra en el bar enfadado.
¿Acaso me he dejado aquí la cartera? ¡Qué día de mierda! Llevo tres días esperando este momento. Por fin la tengo a punto, quedamos en el cine, y en el momento crucial estoy allí sin pasta, sin cartera. Ella se lo hace currar. Y cuando nos dirigimos al mirador – he conseguido el coche de mi viejo para hoy – por supuesto, ni siquiera tengo los gorritos que llevo siempre en mi cartera, por si acaso. Y ella se puso muy caprichosa, no quería hacerlo sin. ¡Qué fracaso!
Aquí va un regalito para nuestro invitado, dice Paco, le sirve un pequeño paquete en un plato y sonríe.
Cuando Eduardo sale del bar, un tipo se tropieza con él. ¿No le conoce?
Dame 20 duros por una cerveza, ruge Antonio.
Yo también estoy jodido, dice Eduardo, pero quizá tú puedas hacer algo con este chisme. Mete el condón de chocolate en la mano de Antonio cuando éste pasa a su lado.
Qué voy a hacer con esta mierda, quiero una cerveza, grita Antonio en la noche y tira el paquete a la carretera. Veinte segundos después es aplastado por un Ford Escort y, tres minutos más tarde, un autobús lo apisona en el alquitrán caliente.
Allí, entre dos rayas de un paso de cebra frente a la puerta de mi casa, yace todavía hoy, el condón junto con los restos del paquete con la inscripción desgastada, conservado por meses. Y cada vez que lo piso, me invento otra historia.
(Traducción del relato Das Kondom, publicado en el libro Talgo Pendular, a cargo del autor)
Ensayo coral
Y Agustín sigue sin aparecer. Francesc, el segundo tenor, estira el cuello, tensa la nuez y entona: O Dale weid o Chochen, o tschone grune Bald, su garganta se estrecha, se alarga, empuja hacia el mi-5 y dice con voz trémolo: du meiner Lus und Wechen andacht'cher Aufendal, se deja caer y se salva con un sol-4, su cabeza, aliviada por el descenso de una sexta, cae con la voz, se llena su pecho, se tensa su garganta, vuelve a lanzarse al ascenso hacia el do-4, da drausen, stes bedrochen, saus die getschäfde Weld - pero ahora Joan, el director, levanta los brazos, exasperado, y grita: da capo!
Francesc recibe con gratitud mis suaves correcciones sobre la pronunciación alemana. Recibe con gratitud mis correcciones susurradas sobre la pronunciación alemana, pero sigue igual: O Däler weid o Chöen... Aspiraba a grandes cosas, Francesc, cuando comenzó a estudiar química, pero ahora trabaja en una oficina – contestando llamadas, llenando formularios, contestando llamadas – mucho no hay que contar sobre eso, y de lo poco no se habla, prefiere hablar de su hijita Anna y de su Montse, que lleva ocho meses sin trabajo, nueve embarazada y, desde esta mañana, con contracciones, vive y espera en casa con los suegros, sabes, la crisis, la crisis, y con esas palabras todo está dicho, asunto cerrado, definitivamente, porque crisis, eso no significa debilidad económica pasajera como en Suiza, crisis significa destino, de eso no se queja uno, y al fin y al cabo, como químico titulado, sus posibilidades no son tan malas, quizás algún día consiga otro trabajo, tal vez en un mostrador de banco, aunque se adapte tan poco a ello como a su trabajo en la oficina. Pero el canto semanal, Francesc no se lo pierde, y así sigue, aferrado alegremente a la Despedida del bosque de Joseph von Eichendorff, de la cual no entiende ni ganas ni pesares: Allá afuera, siempre engañoso, ruge el mundo raudo, Envuélveme de nuevo, tienda verde, envuelve me de nuevo. Y hay algo más que Francesc no se quita: su convicción de vivir como catalán en el mejor de los mundos, y cuando se pone de pie y canta solemnemente y con orgullo las palabras Il.lumineu la catalana terra, no hay duda de que lo canta en serio. Cantemos, cantemos, Francesc canta por encima de los pesares y no escucha los gritos del mundo raudo. Y aún sigue faltando Agustín.
Pues Agustín sale de la basílica de Santa María del Pi, donde había preludiado en el órgano la marcha nupcial de Mendelssohn, y al intentar sostener el dobladillo de la novia en los escalones del portal, se ve sorprendido por una lluvia azotadora de arroz y fideos y recibe el impacto de un paquete de macarrones lanzado con puntería…
Da mag verwechen das drube Erdenleid, gorjea Nuria al lado, en alturas vertiginosas, con la boca bien abierta. Se la ve más que se la oye, pues sus labios rojos, rojos, se abren, se cierran, en marcado contraste con el uso comedido de los labios de sus vecinas, se vuelven rojos, más rojos, desde que la despidieron hace dos años como mestra de parvulari, y desde entonces está buscando, busca trabajo, busca reconocimiento, busca distracción, busca amistad, busca amor, busca novio, y mientras tanto, de sus agiles manos nacen flores de papel, rojas, blancas y azules, y en el quiosco de su madre se forman ramos y coronas para el cementerio, Nuria cuenta los días hasta el jueves, ya que los jueves por la mañana llega aquel señor de voz suave, compra un periódico, la susurra y la acaricia con murmullos, parpadeando y guiñando un ojo, a veces vuelve por la tarde, compra cigarrillos, le susurra «reina mía, mi reina», y Nuria baja la mirada, se deja llevar por el soplo perfumado, pero ¿por qué, por qué no vino el jueves pasado?, y Nuria cuenta los días hasta que finalmente se desvanezca el triste sufrimiento terrenal, entonces resucitarás en joven gloria, y cuenta y canta, cantemos, elevemos nuestro canto por encima del triste sufrimiento terrenal y de la voz consoladora del Señor.
Da sted im Wald gesriben ein stilles erndes Word - trina Erundina desde la esquina de las contraltos, con su garganta de oro, canta y canta por la vida, y cuando no canta y canta, calla y calla, volviéndose invisible salvo por su escote generoso. La modista titulada lleva años trabajando, con discreción y modestia, de niñera en una familia alemana adinerada, intentando olvidar allí a su infiel Arturo; cocina, cuida, limpia y cose, y se cose a sí misma, callando o cantando, en sus vestidos de escote profundo. Y así canta sus palabras calmadas y solemnes: von rechtem Dun und Lieben, und was des Mentschen Chort, sobre el obrar recto y el amor profundo que guarda su corazón. Cantemos, cantemos y Erundina no piensa en las promesas vanas de Arturo, ni en el efecto ni en la causa de su escote abismal.
Y Agustín, estudiante de filosofía y aspirante a fraile, se sienta con el sacerdote que oficia la boda en la bodega contigua del monasterio, recuperándose del ataque de los fideos, descorcha la segunda botella de cava del bien guardado surtido del monasterio y apunta con el corcho al retrato del Papa Wojtyla, después de que con el primero por poco había fallado al santo Francisco, y habla de su gran esperanza, la vocación a la biblioteca del Vaticano; el Vaticano da esperanzas, más el Vaticano hace esperar…
Pronto te dejaré, vagaré como forastero en tierras ajenas, veré en vibrantes calles el espectáculo de la vida. El que zumba es Andreas, el único de los bajos que aún se oye en el mi grave; el artista suizo, partiendo a tierras lejanas para volver un día famoso al país que no lo reconoce, ahora condenado a ser amo de casa, cocinar, pintar y cocinar, en el taller se amontonan los cuadros y en casa los platos. Y seguimos cantando, y Andreas no ve ni las pilas de cuadros y platos, ni la extrañeza ajena, ni la patria que lo desconoce.
Y delante de nosotros los brazos de Joan se balancean, empeñados en hacer mecer las palabras de Eichendorff con una melodía mendelssohniana, ya que Mendelssohn lo tiene prendado y doña Mercedes, junto con sus dos hijas, se largó tras una velada de Mendelssohn, y Joan se juró no volver a dirigir nunca jamás a Mendelssohn, juramento que sostuvo durante tres semanas enteras, desde entonces consagra sus brazos por completo a la dulce Música y los agita, noche tras noche, ante no menos de un coro de aficionados. Cantamos, nos mecemos, y todo otra vez, desde el principio: O Daler weid o Höchen, o schoner gruner Wald, du meiner Lusd und Wehen andachtger Aufendald! Allá afuera, siempre engañoso, ruge, ruge el mundo ajetreado.
Sin contratiempos pasamos a la segunda estrofa, la tierra humea y reluce, los pájaros cantan jubilosos y hacen resonar tu corazón, modulando sobre Re mayor hacia un falso final, Francesc tremola, Nuria gorjea, Erundina trina, Andreas zumba, Joan se mece, allí resurgirás en joven claridad, allí te alzarás – Ábrese la puerta, entra Agustín, con champán en el aliento, granos de arroz, fideos prendidos al cabello, irrumpe, se lanza al piano, sus manos hurgan en una carpeta, remueven partituras, sus pies tantean pedales, sus dedos buscan teclas, dedos alcanzan acordes, acordes agarran palabras, he leído fielmente las palabras, sencillas, sencillas y verdaderas, no logran seguir el paso de las palabras galopeantes, y por todo mi ser se volvió indecible, la frase tambalea, la melodía patina, menean brazos en el aire, se vuelca un atril, vuelan hojas, planean notas, palabras alzan el vuelo, dedos aletean, manos trepan ciegas sobre teclas, revolotean, palpan sobre el parqué, en medio de la vida seguimos a la deriva, sin timón, mirando el teatro de la vida, su vaivén, repleto de colores, y en pleno corazón de la vida la fuerza de tu seriedad y de mis goces y mis penas, las penas de Montse me elevan, yo, el solitario, me elevan en soledad para que tu corazón resuene por encima del paso de los solemnes dolores la violencia la cuna del hombre el lúgubre dolor de la tierra chocan platos se apilan cuadros dolor dolores terrenales las palabras solemnes de Arturo en aquel bosque hermoso verde resuenan las voces la voz del Señor reina mi reina vuelan formas formularios papeles flores ruge dolor los dolores ruge el mundo ajetreado; despedida del bosque, despedida.
Próximo ensayo: lunes 12 de noviembre, 21:00
(Versión española del autor, 11.01.2026)
DETRÁS DE LA PARED
(Versión española del relato Hinter der Wand, incluido en el libro homónimo.)
Es una pared muy antigua, muy fuerte, de la que nadie puede caer, que nadie puede abrir, de la que nunca más puede salir nada. (Ingeborg Bachmann, Malina)
Jueves 3/9
No es posible determinar con exactitud de dónde proviene; sólo sé esto: está en el viejo muro que nos separa de la casa vecina y a la vez nos une con ella. ¿Viene de la tercera, de la cuarta planta? ¿O es conducido por canales insondables desde la primera planta o la planta baja? Se oyen suaves arañazos, como si alguien del otro lado pasara rítmicamente un lápiz de pizarra sobre el revoque rugoso; pronto parece más un fino roce, raspado o reptar, luego un golpeteo amortiguado. Pasea de aquí allá por la pared, a veces parece al alcance de mi mano, luego otra vez tan lejano y débil que no estoy seguro si realmente lo oigo o sólo me lo imagino. Busco en diccionarios: raspar, rascar, raer, tallar, limar, croar, crujir, crepitar, tamborilear, pero me temo que es un ruido al que uno no se puede aproximar con los vocablos conocidos. Me viene a la mente mi madre que, cuando no encontraba la palabra adecuada, simplemente se la inventaba –y esto sucedía casi en cada frase–, y anoto en mi cuaderno: crismar, cuellear, grumear, tonelear, escarraspar, rascarbar. Subrayo escarraspar. Pero no tiene el matiz correcto. Retiro todas las palabras.
Resulta tranquilizador vivir al abrigo de un muro cortafuegos, cuando se conoce su interior. Salvo ese ruido nuevo, me son familiares no sólo la mayoría de los sonidos, también conozco las historias correspondientes. Ahí esta la tosedora viuda María de la tercera planta. Todos los días a las 8:30 pone los platos en la pica de acero, justo detrás de mi escritorio, y comienza a fregar. Todo retumba, traquetea y tintinea; la tubería del desagüe gorgotea de manera hogareña, y cuando deja caer una sartén pesada en la pica, el mortero se desgrana dentro del muro. Después de fregar, empieza a toser, apoya sus muletas en el suelo de baldosas y cojea, jadeando, hasta el salón. Los golpes sordos de las muletas se alejan. El televisor se enciende: programas de tertulias, series. A partir de las 12:30, la viuda está otra vez pegada a la pared; da tosecitas y anda trasteando en la cocina. A las 14:00 de nuevo se oyen retumbos hogareños, luego los golpes de las muletas sobre las baldosas de piedra, la tos, el televisor se enciende. Lo mismo se repite por las noches. A las 21:30 suena el traqueteo, a las 22:00 hay silencio en la tercera planta. Hacia las 23:00 suaves vibraciones, la viuda ronca. También su cama, en la que fue parida hace setenta y nueve años, está junto al muro contrafuego, pues allí uno se siente seguro, allí uno se siente arropado. En 1939, en una de las peores noches del bombardeo, poco antes del final de la República, estaba en el dormitorio la niña de once años con el padre, la madre y el pequeño Manuel, apretados contra el muro bajo el crucifijo de madera, suenan truenos, silbidos, por las ventanas reventadas penetra el fulgor parpadeante del incendio, humo acre en todas partes, un retumbo de una explosión en el patio de luces, todo alrededor se derrumbe, pero el muro contrafuego permanece en pie, seguro y firme, y sostiene las vigas en el anclaje, las habitaciones contiguas y la escalera permanecen intactas, y el crucifijo de madera cuelga levemente torcido sobre la cabeza de María.
Cada mañana a las 9:00 comienza a sonar en algún lugar el piano. Escalas atraviesan veloces y amenazantes las paredes. Escala mayor, menor, de semitonos y de tonos enteros, ascendidas cromáticamente, serpentean hacia alturas vertiginosas, caen en profundidades gruñonas y vuelven a ascender hasta alcanzan el tono reconfortante de salida; terceras y sextas se desprenden de la pared, se arremolinan en el aire, revolotean de regreso al muro, retumban y dejan de rodar. Siguen algunos compases de una fuga de Bach que se interrumpe, comienza otra vez desde el principio y el piano se abre camino paso por paso por la partitura hasta el acorde final, redentor, en re menor. A las 10:50 bruscamente cesan los remolinos de notas y la tapa del piano se cierra de golpe. El maestro ya ha concluido su entrenamiento matinal, los dedos corren como engrasados y él recupera la fe en su inminente éxito. A las diez comienzan las clases. Cada hora en punto se anuncia con escalas, primero rápido, luego despacio con intermitencias –profesor, alumno–, estudios de Chopin, preludios de Bach; inicio de la fuga: despacio, repetición veloz, eco que se arrastra – alumno, maestro, alumno –. De golpe, el maestro cierra la tapa del piano con un portazo. En los silencios del piano entre las 9:15 y las 9:30 se oye el murmullo de la tubería de desagüe, y casi siempre irrumpe al mismo tiempo una voz de tenor estridente. Qui presso a lei io rinascer mi sento, e dal soffio d’amor rigenerato… Es Alfredo, así lo llamo según su papel favorito de La Traviata, él canta, se ducha, y el agua en las tuberías gorgotea alegremente, Vivere io voglio a te fedel. Dell’ universo immemore io vivo quasi in ciel, …io vivo quasi in ciel… Después de su canto matutino en la ducha, Alfredo nos concede a los vecinos una breve pausa. Luego suena un portazo, Alfredo baja las escaleras brincando como un joven – lo oigo por la ventana que da al patio interior – rumbo al buzón, y allí busca la ansiada noticia, pues Alfredo compuso hace tiempo una ópera y envía su partitura al mundo año tras año, a editoras musicales, concursos y convocatorias. Pero por lo general, en el buzón solo encuentra folletos de lavadoras o del servicio de pizzas, y rara vez recibe una respuesta a su esperanza. Alfredo hojea el texto hasta que encuentra la palabra decisiva: lamentablemente. Le agradecemos el envío de su partitura y la hemos leído con interés. Lamentablemente… Usted ha tenido la amabilidad de confiarnos su partitura, lamentablemente…, Hemos analizado con mucho interés su partitura, sin embargo, lamentablemente… A continuación, Alfredo vuelve a subir las escaleras como un anciano y durante una hora no se lo oye más. A eso de las 11:00 vuelve a empezar. Presa de la ira, la voz de Alfredo recorre de arriba abajo las escalas. Esto dura unos veinte minutos. Después se oye otra vez un trote en las escaleras y Alfredo desaparece de mi campo auditivo. Por la tarde lo veo a veces en la estación de metro junto a la ópera. Allí se convierte en Orfeo. Canta a gritos arias y recitativos contra las paredes de azulejos, que en este inframundo responden y se unen tan maravillosamente que resulta un deleite. Cortese Eco, cortese Eco amorosa, che sconsolata sei, y cuando entra o sale un tren, él se altera y le lanza una tirada particularmente virtuosa, In così grave mia fiera sventura non ho pianto però tanto che basti, su brillante tenor se funde con el chirrido de los frenos, con el zumbido de los motores eléctricos y con el golpeteo de las ruedas, y en ese momento él, Alfredo, Orfeo, siente que su alma se disuelve en el estruendo y rugido del mundo.
En ocasiones también me llegan ruidos desde el ático. Más o menos cada media hora se oye un murmullo o un burbujeo en el desagüe que comunica mi baño con la ducha de Alfredo y la cocina de arriba. Allí vive un escritor austríaco que ronda los cincuenta. Vino hace unos tres años, alquiló el desván, y se instaló frente a su escritorio. Nunca lo he visto en la calle o en el café, pero a veces me lo encuentro en la escalera, siempre con un sobre grueso bajo el brazo. Inclina la cabeza, dice Servus, se pega a la pared para seguir su camino y se pierde rumbo al techo. Una vez me aposté delante a mi puerta, ocupando casi todo el pasillo, y lo obligué a hablar:
- Hola, qué tal, ¿cómo van esos garabatos? Se quedó parado, atónito, echó su coleta gris detrás de la espalda, se pasó la mano por la barba y carraspeó, como si llevara siglos sin dejar escapar un sonido de su garganta.
- Por favor, ¿qué garabatos? Yo no garabateo, escribo textos literarios.
- Okay, ¿cómo van estos textos literarios entonces?
Dijo que había escrito cinco obras de teatro, cientos de poemas, también una libro de cuentos, pero todo permanecía en la gaveta, él no arrojaba sus margaritas a los cochinos, toda la industria editorial de lengua alemana, todo el mundo literario, era una prostituta gorda y degradada, y él la esquivaba como el diablo esquiva el agua bendita, no, la comparación no era traída de los pelos, en cuanto escritor uno debía mantenerse distante del agua bendita y de las putas, solo se debía dejar montar por el diablo, y para tal cosa no había mejor lugar que este país y allá arriba en el ático, por su puesto –carraspeó e intentó esbozar una sonrisa–, sólo en medio de y por encima del alboroto de la gran ciudad encontraba él el necesario retiro para la inspiración demoníaca, etc. Mi ostentosa mirada al sobre que él tenía bajo el brazo y que, yo suponía, era un envío de un manuscrito a una editorial, fue ignorada por él.
-¿Qué estas escribiendo?, le pregunté. Él intentaba, me dijo, un nuevo estilo, la síntesis cacofónica. Su obra principal, en la que trabajaba desde hacía ocho años, consistía en cientos de microhistorias que él fundiría en una sinfonía cacofónica estructurada según la forma sonata; pero precisamente esa fusión era lo difícil: llevaba años dedicado exclusivamente a esa síntesis cacofónica, que conectaría los elementos aislados en un superior conjunto diabólico-cósmico, pero sin unirlos, sin anular las contradicciones, sin armonizar, claro… El resto de su prolijo discurso no lo entendí y me despedí apresuradamente con cualquier pretexto. Me alegra que desde entonces el austríaco haya vuelto a su lacónico “Servus”, y tampoco me molestan en absoluto sus cacofónicos chapoteos del inodoro; al contrario, me brindan una especie de cobijo sonoro y me recuerdan que no estoy del todo solo junto a la pared.
Viernes 4/9
El ruido extraño me irrita y perturba mi cobijo. Aprieto el oído contra la pared. No es un sonido uniforme y seguramente es provocado por más de una persona. ¿Persona? Quizá son ratones o ratas o hay encerrado un gato. Aparece y desaparece sin un patrón reconocible. Puedo evocar el sonido en mi memoria, pero no logro vincularlo a ninguna acción comprensible. Permanece como un sonido sin historia fiable.
Un golpe. La pared tiembla, el mortero se desmorona. Era la puerta de los vecinos de abajo, la tercera planta. Cruje. Un pie golpea la puerta de madera. –¡Hija de puta, que te mato! ¿Fue Joan, el hijo, el que revienta coches y motos?, ¿fue Jordi, el marido, que se bebe el subsidio de desempleo en el bar de abajo, o fueron los dos a la vez? Los gritos se distinguen tan poco como los golpes de un pie contra la puerta. En la escalera resuenan gritos furiosos. A continuación, ligero temblor bajo mis pies. Ahora hay calma en el piso de abajo. Demasiada calma. Una calma que empieza a gemir, a sollozar, a llorar, a aullar, que crece hasta estallar como una ametralladora: - ¡Malditos gilipollas, sinvergüenzas, hijos de puta, malcriados, gandules, subnormales, basura, no puedo más…! Esa es Pepa haciendo su solo, que solo comienza cuando la dejan sola. Otra vez golpes contra la puerta. Ahora es Pepa la que martillea con sus puños desnudos y sus pantuflas la misma puerta que casi derribaron su esposo y su hijo antes de precipitarse fuera del apartamento. Finalmente, los golpes se debilitan, el rugido disminuye, Pepa está agotada.
Bajo y miro. El apartamento está en silencio. La puerta de Jordi y Pepa tiene, a causa de los numerosos golpes, una grieta a través de la cual por las noches brilla un pálido rayo de luz amarilla. Presiono el ojo contra la parte más ancha de la grieta y puedo ver los tacones de Pepa, las zapatillas deportivas de su hijo y las pantuflas de su marido sobre el suelo de baldosas a cuadros en blanco y negro. – ¡Me cago en la puta! grita de pronto una voz desde el piso. Me sobresalto y me aprieto contra la pared junto a la puerta. – ¡Me cago en la puta! Es Rocco, el loro de Pepa, el único en la casa al que siempre le divierte la palabrota. Vuelvo a mirar por la rendija. En el umbral de la puerta del salón yace un mechón de pelo negro. ¿El pelo de Pepa? ¿Una peluca arrojada al suelo? La puerta de entrada cruje en la escalera y se cierra de golpe, pasos retumban. Miro escalera abajo. Una mano peluda se enrosca al pasamanos y sube rápido por la barandilla. Jadeos asmáticos. Subo sigilosamente y me meto en mi apartamento.
Domingo 6/9
Calma dominical. Salvo por los periódicos murmullos en los caños de agua, por la mañana estuvo todo tranquilo en la pared. Es de suponer que la mayoría de los habitantes del edificio aprovecharon el buen tiempo y se fueron de excursión. Si apoyo la oreja contra la fría pared, sólo un monótono zumbido. Ssssssssss. Aparto el oído de la pared. Sigue zumbando. ¿El zumbido de mi propio oído? La próxima semana tengo que ir al otorrino.
Después de comer, cuando me echo la siesta como todos los que nos quedamos en casa, también se duerme la pared. Ronca. Arrulla como una paloma. Suspira. A eso de las 17:00 comienza a gemir: ay, oh, dos voces que se superponen, luego en alternancia, pregunta, respuesta, jadeo rítmico, decrescendo, crescendo, te quiero, te quiero… y finalmente, al unísono, dos gritos liberadores. – ¡Eh, eh!, repite Rocco, ¡Me cago en la puta! Nadie en la casa sabe exactamente dónde se lo montan los dos: ¿en la casa de delante o en la de atrás? Se les oye solo los domingos por la tarde. Quizá bajan a algún piso que amigos les prestan amablemente para su diversión dominical.
Al caer la tarde, un fuerte redoble de batería sacude la pared. Ahí está el piso de estudiantes en el cuarto. Irrumpe una línea de bajo rítmica, un sintetizador lanza fragmentos de sonido punzante, y entra una voz al ritmo del reguetón: Aunque madrugue, ni Dios me ayuda, quiero gritar y salir de mi sombra, en mi pozo solo el eco me nombra… y Rocco parece pasarlo en grande esta tarde dominical: ¡Eeh, eeh, me cago en la puta!
Lunes 7/9
Esta mañana Pepa me preguntó en las escaleras si en mi apartamento también se oye el extraño ruido de la pared.
- Suena muy extraño, como si alguien estuviera rascando el yeso con un clavo. A veces son más bien golpes o ruidos metálicos.
-¡Exactamente! exclamó Olga de la primera planta, que acababa de subir jadeando por las escaleras: golpes y traqueteos, como con una cadena. - ¡Que no sea …! - dijo, agitando un periódico y señalando un artículo con el titular: Director de banco secuestrado aún no encontrado”. Subtítulo: Primeras pistas apuntan a ETA. - En el Café Ferran le pusieron la pistola en la sien, balbuceaba Olga excitada, lo arrastraron a plena luz del día a la calle, y aquí, en el casco antiguo, dicen que lo tienen escondido, porque no pueden estar muy lejos, según la policía. ¡Aquí lo pone! Olga manoteó el periódico, y fue imposible leer una línea. – ¡Que no sea…! Cada vez que escucho ese ruido del otro lado… - Volvió a dejar la frase en el aire – Imaginaos: golpes, cadenas, el traqueteo… igual deberíamos llamar a la …!
- Me cago en la puta, exclamó Rocco desde la puerta abierta del apartamento de Pepa.
- ¡Cierra el pico!, gritó Pepa y dio un portazo. – ¿Policía? De ningún modo, la policía no entra a mi casa. Te ve aspecto de loca y te arrestan sin dudarlo.
Y yo me imagino: del otro lado el director del banco, en su traje a medida y con corbata, la espalda contra la pared, las muñecas en carne viva, atadas a la espalda con una cadena gruesa; la cadena sujeta con una argolla al muro cortafuegos, ese muro de treinta centímetros que nos separa. Y cada vez que se mueve, la cadena traquetea, rasca el yeso; con cada sacudida y cada retorcimiento golpea la pared, tira de la argolla. Y el muro va pasando el drama invisible hasta nuestros salones, mientras nosotros sorbemos tranquilamente el té.
Miércoles 9/9
Llamé al administrador. Se rió cuando le informé de los curiosos sonidos en la pared.
– ¿Se oye raspar en la pared? ¿Alguna vez has oído hablar de las termitas? La ciudad entera está infestad, el centro directamente está socavado por esos bichos, van carcomiendo de casa en casa, penetran en las viejas vigas de madera y los marcos de las puertas, a millares, se abren camino a través del yeso y los muros, y cuando roen se les puede oír si acercas el oído a las vigas.
Consulto un diccionario: Muchas especies tienen el cuerpo de color blanco o blanquizco-amarillento. Por lo general, las termitas miden entre 2 y 20 mm. Invaden las viviendas humanas en grupos y destruyen principalmente la madera, devorando su interior por completo mientras dejan intacta la superficie exterior, de modo que objetos aparentemente intactos se derrumban con la más mínima sacudida.
Hoy no me atrevo a apoyar el oído contra la pared.
Jueves 10/9
No puedo creer que el ruido lo causen solo las termitas. Quizá su raspado y roído se mezclen en el cúmulo acústico; pero debe de haber algo más dentro o detrás de la pared, Pepa también me lo confirmó hoy: un leve gemido se desliza como un hilo fino a través de la banda sonora; se oye claramente si acercas el oído a la pared azulejada de la cocina. ¿Quizá un perro o un gato encerrado… o un niño?
A veces me imagino que del otro lado de la pared está otro que, como yo, escucha, espía mi vida y se burla de mí. Las paredes oyen. Y cuanto más reflexiono, más me obsesiona ese otro.
Viernes 11/9
Pepa dice que una amiga del edificio de al lado le contó que en el tercero, a mi altura, hay rumanos sin papeles, gitanos. Cuántos son, vete tú a saber; con esa gente nunca se sabe. Dicen que en la escalera está plagado de gitanos, que cocinan en el salón con fuego abierto y que todo el rellano huele a humo rancio y a pescado frito. Que también se han oído gritos de niños desde el piso, pero que a los críos no los dejan salir: se pasan el día solos, encerrados. Y que los adultos se pasan el tiempo andándose por ahí, metidos en asuntos oscuros. Que los niños rayan y arañan la pared con las uñas, con destornilladores y con cualquier cosa que pillen a mano. Que no van al colegio y no tienen pizarra, por eso se oyen esos ruidos en la pared.
Olga, del primero, dice que no son rumanos. Según la peluquera del bajo, allí viven negros, africanos, negros como la noche. Que los ve cuando entran al edificio de al lado. Inmigrantes. Que, como la mayoría de estas pobres criaturas, vinieron en un bote inflable a través del mar, y que seguramente son de esas familias de las que hablaron hace poco en la tele: Que hubo daños en el motor, y el bote estuvo a la deriva en mar abierto durante días. Ocho adultos y cinco niños pequeños murieron de sed, pero al mar solo pudieron tirar a los niños, porque los cuerpos de los adultos eran demasiado pesados para lanzarlos por la borda. Cuando los encontraron, unos estaban sobre otros: los vivos sobre los agonizantes, los agonizantes sobre los muertos. Que durante el rescate en el mar agitado se ahogaron otros tres que no sabían nadar… ¡pobres criaturas! Ahora las mujeres se prostituyen, y los hombres trabajan como proxenetas.
Sábado 12/9
Un vecino del edificio de al lado me contó en el café que son gente de piel oscura, pero no negros, sino árabes o pakistaníes, con barba, moros, vamos. Que hay un ir y venir constante. Él cree que aquí están montando una mezquita ilegal. Algunos incluso vienen con su propia alfombrilla de rezo. Que todos tienen llagas y, en parte, heridas abiertas en la frente, porque al rezar golpean la cabeza contra el suelo. Y entonces volvió a insistir: pakistaníes, moros, musulmanes… y después de una pausa, dice: imagínate, montan un tinglado aquí… no sería la primera vez que se traen algo entre manos, y nadie se da cuenta de nada, ¡y el Estado hasta les paga los pisos sociales y subvenciona sus mezquitas! Tan tontos solo pueden ser los socialistas.
Voy al edificio de al lado y miro los carteles bajo los timbres. Hay tres pisos en el tercero. Primero toco el 3, 1. Se oye un ruido. Luego cruje el interfono.
– ¿Sí? Tos. Es la viuda. Me quedo callado y luego toco el 3, 2.
– ¿Sí, quién? grita una voz de niño.
– ¿Quiero ir a ver a los inmigrantes! respondo por el interfono. No hay respuesta.
– ¿Dónde viven los inmigrantes? pregunto.
– ¿Los chinos en la planta baja, o los filipinos en el segundo piso?
– ¿Rumano o negros hay aquí?
– No, pero pakistaníes o algo así, viven en el tercero.
– ¿Cuál piso?
– Creo que la tercera puerta.
– Toco el 3, 3. Cruje el interfono, se oye un ruido, luego silencio. Vuelvo a tocar.
– ¿Omar? – dice una voz de mujer. -¿Omar?
El abrepuertas zumba, empujo la puerta del edificio y entro en el pasillo oscuro. Huele a agua con jabón. Nada de olor a pescado. Busco el interruptor y enciendo la luz. En la pared están los buzones de chapa. Algunos están abiertos, con los candados forzados. En uno, cubierto por capas de etiquetas, con una letra temblorosa, pone: Omar Al-Sharar, y debajo un rótulo enredado que no consigo leer.
Vuelvo a casa, enciendo el ordenador y busco a Omar Al-Sharar en la guía telefónica online. En la pantalla aparece un número. Marco y dejo que suene un buen rato. Se oyen pasos detrás de la pared. Cuelgo. Ahora se escucha claramente murmullo y golpes. ¿Oraciones musulmanas? Claro que también podrían ser los monólogos de la viuda, pero no consigo sacar de mi cabeza la imagen: ese subir y bajar rítmico hacia La Meca, los golpes de la cabeza contra el suelo, Alá es grande, Alá es poderoso, Alá está con los fieles.
Domingo 13/9
Los vecinos se han quedado en casa por el mal tiempo y la pared está a reventar de ruidos. De echarse una siesta tranquila, ni hablar. La viuda anda dale que te dale con los platos en el fregadero de acero; a destiempo, el reguetón del piso de estudiantes: Aunque madrugue, ni Dios me ayuda, quiero gritar y salir de mi sombra, en mi pozo solo el eco me nombra; el agua corre y gorgotea por las tuberías, el escritor del ático tira sus notas cacofónicas por el retrete, Alfredo se ducha y canta alegremente Qui presso a lei io rinascer mi sento, e dal soffio d’amor rigenerato…; el pianista también se ha quedado en casa y va lanzando escalas por la pared, mayor, menor, cromáticas, arriba y abajo, jadeos rítmicos, ah, oh, te quiero, que te quiero; cadenas corroídas rozan muñecas heridas, manos de niños ensangrentadas rascan el yeso, moros de piel oscura golpean la cabeza contra la pared y se hacen heridas en la frente, Alá es grande, Alá es poderoso, la pared murmura, gime, canta, corre, gorgotea, golpea, cruje, llora, zumba y ronca – de repente una grieta en la pared, me clava el ojo horrendo del otro, miles de termitas blancas salen de los pasadizos, me trepan por encima, me arrastran dentro de la pared, me arrastro con mis congéneres, abrimos camino con nuestras mandíbulas a través de la pared, placas de yeso, mortero desmenuzado, vigas de madera podrida, ranuras, tuberías, cables eléctricos; excavamos, mordemos, perforamos, nos arrastramos, roemos, abrimos camino hacia el otro lado, pasamos, cruzamos – ¡Me cago en la puta! Una puerta se golpea. La cama vibra, la pared tiembla.
Esta noche la pared guarda silencio. Solo se oye el crujir de las termitas. A nosotros, nos gusta trabajar de noche.
(Texto original: Hinter der Wand, publicado en el libro Hinter der Wand - Geschichten zwischen Zürich und Barcelona. Traducción realizada por el autor.)